miércoles 4 de marzo de 2009

Atardecer en la Alameda talquina


En los soles que abundan en ciudades
llenas de palomas
en el precipicio que agiganta la distancia

tras los cerros,
la penumbra
arrea estrellas como ganado desperdigado

y aquellos soles ensimismados ocultan

en la boca de los techos
el hilo entrecortado de palabras sin esperanza.

Camino por esta Alameda y es tarde
cuando llego a esa esquina que conoces
(la misma donde nos perdimos)
me detengo
mientras lo que queda
de ciudad me traspasa como viento de otoño.

El aire turbulento mimetiza voces
lastimeras de
evangélicos frustrados invocando plagas del infierno.

A pocos pasos
sentados en el monumento a la biblia
(librito simpático, de tapa negra y letra chica: ilegible)

un grupo de escolares
afectos a la natural sordera
mueven sus axilas como alas de pájaro frenético
y brillan como soles en la oscuridad

felices
porque juegan a la pelota con su corazón.

3 comentarios:

Ele Bergón dijo...

Nunca he olvidado los atardeceres de mi niñez, siempre jugando con todos los rayos de soles que se nos quedaban dentro. Cuando llegaba la noche, desaparecía el juego y llegábamos a nuestra casa.

Un abrazo

Luz

Anónimo dijo...

Sensibilísimo. La vida entre sombras y luz. En la provincia de antaño había seres oscuros que nos hablaban de cosmos lejanos donde los ríos eran susurros de vidas secretas.

Un gran abrazo.

MentesSueltas dijo...

Hermoso retrato de un momento, un pueblo, que seran recuerdo, indefectiblemente.
Hermosa tu sensibilidad.

Te abrazo
MentesSueltas