por los que no tuvieron piernas que ponerse,
unámonos por la madre que perdió todos sus hijos
y por el padre que sólo tuvo tiempo para acostarse y morir
unámonos por el amigo que no nos pudo abrir su puerta
porque estaba engrillado,
unámonos por la infancia que no tuvimos
porque fuimos lanzados a la calle…”
Efraín Barquero, La compañera y otros poemas,
Edit. Nascimento, 1971
Este mundillo, mundillo cada día más loco, comienza a cansarme integralmente. Viendo los acontecimientos acaecidos estos días: la muerte de un cantante que de blanco pasó a negro de inmediato y, una alzada de fusiles en Honduras al mejor estilo latinoamericano, comienzo a considerar seriamente la posibilidad que esta última noticia sea una mala costumbre no erradicada.
En pleno siglo 21, de golpe regresamos al siglo 20. Un país tan pequeño como Honduras, con enormes necesidades (el PIB per cápita se ha mantenido estancado en 0.3 por ciento anual y progreso en los indicadores de pobreza), salta a la primera página de los diarios con cierto asombro mundial. Los motivos para ambas partes pueden ser muy cuestionables, pero insisto que a los presidentes normalmente se ponen o echan del poder con votos y es de mal gusto que ellos, los presidentes y su grupito de poder en ciertas latitudes, manipulen a la opinión pública para avalar cambios a su Constitución y aspirar a la reelección inmediata. Compruebo además, que este asunto de los ejércitos garantes de la soberanía es una excusa para que las clases dominantes nunca dejen gobernar ideas sociales y solidarias sin su beneplácito. Ahora, tal vez me equivoque, este derrocamiento in situ del presidente Manuel Zelaya tenga un efecto dominó y algunos hombrecitos bien conservados y de gruesa billetera, de esos salvapatrias conocimos muy bien en ese Chile oscuro, en algún mitín privado saboreen la idea de regresar al pasado como alternativa para protegerse de ciertos aires sociales que se asoman por la comarca.
Latinoamérica trata de olvidar su pasado golpista, de enterrar sus muertos y restablecer la vida que fue escindida y en otras borrada de un zarpazo. Todo un proceso que se silenciaba con el famoso sistema económico liberal, mientras nosotros, los actores obligados seguíamos siendo noticia en nuestro propio living. Quiero decir que la gran masa popular feneció, cayó al hoy profundo del subsistir y enterró toda idea de cambio, dobló como una frazada toda la capacidad de lucha por ideales mejores. Seguramente es el miedo, el miedo sembrado, el terror de las calles salvajes que podías transitar un día cualquiera y sin tener la certeza que regresarías al hogar.
Hoy las calles de Tegucigalpa se transforman en calles de Santiago de Chile, o de Lima, La paz, Buenos Aires… etc. La incertidumbre, la desinformación y desconcierto regresan como viejos conocidos. Nunca se sabe la real magnitud del daño causado cuando se pisotean ideales como la inocencia ultrajada. Por esos caminos salen a ladrar los perros, me decía un buen amigo, por esos lupanares los cuervos van de casa”.
Tenemos muchos testimonios históricos de estas situaciones deplorables. Esta vez les invito a conocer la experiencia de un amigo y hermano, me refiero a Víctor Montoya, escritor boliviano nacido en la Paz un 21 de junio de 1958, hoy radicado en Suecia. Su testimonio y experiencia nos permite refrescar la memoria para estos tiempos tan olvidadizos. Por cierto, nuestros países comparten un idioma, una historia y destino común. De igual manera compartimos la suerte de miles que no regresaron para contarlo.
VICTOR MONTOYA: TESTIMONIO DE LA TORTURA (video)
http://www.youtube.com/watch?v=q8-QmNN8_G0

2 comentarios:
Es evidente que en el mundo pocas cosas funcionan.
y creo que nuestras "creencias" Traen conductas.
y no podemos cambiar conductas si no se cambian creencias.
El pensamiento produce accion. La razón solo existe en el pensamiento y el pensamiento se basa siempre en la creencia.
En fin que pienso que son nuestras mentes, retrogradas y primitivas mentes y el problema es que pensamos que estamos en lo correcto.
besos y amor
je
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